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Cómo saber si realmente aprendiste algo

Entender una explicación parece sencillo mientras la tenemos delante. Estas estrategias te ayudan a comprobar qué sabes utilizar sin instrucciones.

4 min de lectura

Terminas de estudiar un tema, cierras el libro y piensas: «¡Listo, ya entendí!». La explicación parecía clara, los ejemplos tenían sentido y hasta conseguiste seguir el razonamiento sin demasiadas dificultades. Todo indica que fue una buena sesión de estudio.

Pero hay una pequeña pregunta que podría cambiar esa impresión: ¿serías capaz de hacer algo con lo que acabas de aprender?

No me refiero necesariamente a resolver un examen complicado. A veces, la mejor manera de descubrir cuánto entendimos consiste en enfrentarnos a una situación ligeramente diferente de aquella que utilizamos para estudiar.

Cuando desaparecen las instrucciones

Imagina que alguien te enseña a preparar pan. Te explica los ingredientes, los pasos que debes seguir y cuánto tiempo necesita reposar la masa. Después, con la receta delante, consigues preparar un pan bastante bueno. Nada mal para comenzar.

Ahora imagina que intentas repetirlo una semana después, pero sin consultar las instrucciones. Quizás recuerdes los ingredientes, aunque no sus cantidades. O tal vez consigas preparar la masa, pero no sepas reconocer si necesita más agua. Si cambias de harina o las condiciones de preparación son diferentes, pueden aparecer dificultades que no existían cuando seguías la receta paso a paso.

Y ese descubrimiento es valioso porque nos permite dejar de estudiar solo aquello que ya conocemos.

Explicarlo con nuestras propias palabras

Una de las maneras más sencillas de comprobar nuestra comprensión es intentar explicarle el tema a otra persona. No hace falta reunir a toda la familia alrededor de una pizarra ni preparar una presentación de cuarenta diapositivas. Basta con imaginar que alguien nos pregunta cómo funciona aquello que acabamos de estudiar.

Supongamos que aprendiste qué es la inflación. Puedes repetir una definición del libro, pero ahora tienes que explicárselo a alguien que nunca escuchó hablar del tema. Probablemente necesites buscar palabras más sencillas, utilizar algún ejemplo cotidiano y relacionar varias ideas para que tu explicación tenga sentido.

Durante ese proceso pueden aparecer dudas inesperadas. Sabías lo que decía la definición, pero no estás seguro de cómo explicar una de sus partes. O descubres que utilizabas una palabra cuyo significado tampoco comprendías demasiado bien.

Esas dificultades no invalidan tu aprendizaje. Te muestran dónde necesitas trabajar un poco más.

Eso sí, explicar algo con seguridad no garantiza que sea correcto. Podemos estar completamente convencidos de una idea equivocada. Por eso conviene contrastar nuestra explicación con una fuente confiable o recibir comentarios de alguien que conozca el tema.

También podemos comprobar lo aprendido modificando las condiciones de un ejercicio.

Imagina que aprendiste a resolver un problema matemático siguiendo el procedimiento de tu profesor. Cuando encuentras otro problema con los mismos números y las mismas operaciones, sabes exactamente qué hacer. Pero ¿qué ocurre si cambian algunos datos o si necesitas decidir por tu cuenta qué operación utilizar?

Ese pequeño cambio puede revelar si comprendiste el procedimiento o si simplemente aprendiste a reproducir una secuencia.

Con los idiomas sucede algo parecido. Conocer una frase es útil, pero poder modificarla para expresar una idea diferente exige manejar sus elementos con cierta independencia. En ambos casos, utilizar lo aprendido en una situación nueva nos ofrece información que la simple repetición no siempre proporciona.

Naturalmente, tampoco podemos exigirnos resolver cualquier situación después de una sola explicación. Hay conocimientos que necesitan mucha práctica antes de que podamos aplicarlos con soltura.

Volver a intentarlo unos días después

Tenemos otra manera de comprobar nuestro aprendizaje que solemos pasar por alto: dejar transcurrir un poco de tiempo.

Si terminaste de estudiar hoy, probablemente recuerdes bastantes detalles. Pero sería interesante volver al tema dentro de algunos días, antes de releer tus apuntes, e intentar explicar qué recuerdas. Puedes responder una pregunta, resolver un ejercicio o reconstruir los pasos de un procedimiento.

Después revisas el resultado. Quizás descubras que conservaste las ideas principales, aunque olvidaste algunos detalles. O que puedes resolver el ejercicio, pero todavía necesitas consultar una fórmula. Es información útil para decidir cómo continuar.

Este tipo de comprobación también sirve para orientar el estudio. Si ya consigues utilizar un concepto con facilidad, tal vez puedas dedicar más atención a otro que todavía te resulta difícil. En cambio, si descubres que algo importante se te escapó, tienes la oportunidad de practicarlo nuevamente.

Saber qué sabemos

Hay una diferencia entre sentir que entendimos algo y comprobar que podemos utilizarlo. La primera sensación puede motivarnos a continuar; la segunda nos ofrece evidencias más concretas sobre nuestro progreso.

Ningún ejercicio aislado demuestra que dominamos completamente un tema. Podemos saber mucho y equivocarnos en una pregunta, del mismo modo que podemos acertar una respuesta sin comprender demasiado bien cómo llegamos a ella. Por eso conviene observar nuestro desempeño en diferentes momentos y situaciones.

Y quizás esa sea una de las ventajas más interesantes de comprobar lo aprendido: descubrir que no necesitamos esperar al próximo examen para conocer nuestras dificultades.

Podemos encontrarlas antes, cuando todavía tenemos tiempo para hacer algo con ellas.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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