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Cuando una idea necesita una pizarra

A veces una flecha dibujada a mano explica lo que diez minutos de conversación no consiguen. Una forma sencilla de compartir ideas en clases y reuniones.

3 min de lectura

Hay un momento bastante curioso en las videollamadas. Una persona está explicando algo con absoluta convicción, la otra asiente y todos parecen entenderse. Hasta que alguien pregunta: «Pero ¿eso va antes o después?». Entonces descubrimos que llevamos diez minutos hablando de dos cosas diferentes.

A veces basta con tomar un papel y dibujar una flecha. Un rectángulo, dos círculos, un nombre escrito en la esquina. No tiene que quedar bonito. Lo importante es que ahora estamos mirando la misma idea. Y si una línea quedó torcida, probablemente sea lo de menos.

Lo he visto especialmente al enseñar. Explicar una frase en otro idioma o la relación entre dos conceptos no siempre exige una presentación de veinte diapositivas. A veces hace falta detenerse, dibujar algo y preguntar: «¿Ves a qué me refiero?». La otra persona puede interrumpir, pedir otra explicación y señalar exactamente dónde se perdió. En ese momento, la pizarra deja de ser un recurso decorativo y pasa a formar parte de la conversación.

Una pantalla compartida también puede ser una mesa de trabajo

Durante mucho tiempo asociamos las pizarras con las aulas. Pero pensemos en alguien que intenta organizar una mudanza, explicar el recorrido de un cliente por su negocio o mostrar a un compañero por qué dos tareas dependen una de la otra. Si todo ocurre por videollamada, necesitamos un lugar común donde poner las ideas. No para impresionar a nadie, sino para dejar de repetir la misma frase de cinco maneras.

Una pizarra online resulta útil precisamente porque permite dibujar mientras hablamos. Podemos escribir unas pocas palabras, mover elementos y volver sobre aquello que no quedó claro. Y, a diferencia de una presentación terminada, no tenemos que saber de antemano qué pregunta aparecerá. Podemos construir la explicación a medida que surge.

Por supuesto, no todas las herramientas resuelven las mismas necesidades. Algunas están pensadas para equipos que editan simultáneamente; otras funcionan mejor como una superficie personal desde la que alguien explica mientras comparte su pantalla. Antes de elegir conviene preguntarse qué vamos a hacer realmente: ¿dar una clase?, ¿presentar una idea?, ¿trabajar entre varias personas sobre el mismo documento?

Nosotros creamos Orbitrama porque necesitábamos algo bastante concreto para nuestras clases: abrir una pizarra, empezar a dibujar y explicar sin pasar primero por formularios o configuraciones. Se utiliza desde el navegador, sin registrarse, y permite escribir, dibujar, añadir imágenes, usar fondos con renglones o cuadrícula y señalar con un puntero láser que no deja marcas. Las pizarras se guardan en el navegador y también pueden exportarse en PNG o PDF.

Eso tiene ventajas, pero también límites que vale la pena conocer. Por ahora no es una pizarra colaborativa en la que todos dibujan al mismo tiempo. Lo más práctico es que una persona comparta su pantalla en Meet, Zoom u otra videollamada. Además, como los trabajos se guardan localmente, conviene guardar una copia de los importantes antes de limpiar los datos del navegador o cambiar de dispositivo.

No hace falta que utilices Orbitrama. Podrías hacer un dibujo en papel y mostrarlo a la cámara. Lo esencial es recuperar una forma de explicar que a veces abandonamos por creer que todo debe estar perfectamente preparado.

Pero si querés probar una pizarra que se abra sin cuenta y comenzar directamente, podés abrir Orbitrama y dibujar lo primero que necesites explicar.

Quizás la próxima vez que una conversación empiece a enredarse, no necesitemos hablar más fuerte ni repetir las mismas palabras. Tal vez baste con una línea, una flecha y esa pregunta que tantas veces cambia el rumbo de una clase: «¿Así se entiende mejor?».

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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