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¿Por qué corregimos tanto antes de terminar de escribir?

A veces pasamos veinte minutos eligiendo la primera frase y todavía no sabemos qué queremos contar. El problema no siempre es falta de ideas.

3 min de lectura

Escribimos una frase. La leemos. Cambiamos una palabra, movemos una coma y pensamos que el comienzo podría ser más interesante. Borramos la frase y escribimos otra. Veinte minutos después, tenemos un principio bastante elegante y ninguna idea desarrollada. Al menos la primera línea quedó impecable, aunque ya no recordemos muy bien qué venía después.

Corregir es una parte importante de escribir. El problema aparece cuando intentamos hacer todo al mismo tiempo: descubrir qué queremos decir, encontrar las palabras, comprobar si son correctas y decidir si suenan bonitas. Son tareas diferentes, y no siempre se llevan bien cuando las obligamos a compartir el mismo minuto.

A veces necesitamos permitirnos un primer borrador menos elegante para descubrir qué texto estamos intentando construir.

Dos trabajos que se estorban

Pensemos en una conversación con alguien de confianza. Comenzamos contando una anécdota, nos damos cuenta de que olvidamos un detalle y volvemos un poco atrás. Quizás repetimos una expresión o utilizamos una palabra demasiado vaga. Aun así, la historia avanza. La otra persona nos escucha y podemos llegar al final.

Al escribir, en cambio, vemos todas nuestras imperfecciones sobre la pantalla. Cada repetición parece pedir que la corrijamos inmediatamente. Y muchas veces lo hacemos, aunque todavía no sepamos si esa oración sobrevivirá a la siguiente revisión.

El centro de escritura de la Universidad de Virginia recomienda, entre sus estrategias para comenzar, la escritura libre: escribir las ideas sin preocuparse inicialmente por la gramática ni por la elegancia de las frases. Es una manera de producir material que después podamos evaluar, no una invitación a publicar cualquier cosa que nos venga a la cabeza.

Podemos experimentar con dos momentos separados. Durante el primero, escribimos o dictamos sin volver constantemente al comienzo. Si aparece una duda, la marcamos y seguimos. Si nos falta una palabra, utilizamos una provisional. El objetivo no es alcanzar cierta cantidad de páginas; es llegar lo suficientemente lejos como para reconocer el camino del texto.

En el segundo momento hacemos otro trabajo. Volvemos al comienzo, eliminamos las frases que no aportan, reorganizamos las ideas y revisamos la precisión. Entonces sí vale la pena discutir si una expresión es demasiado vaga o si necesitamos otro ejemplo. Ahora sabemos mejor qué función debe cumplir cada párrafo.

Esto no significa que nunca podamos corregir mientras escribimos. Algunas personas necesitan detenerse para ordenar el pensamiento; otras encuentran mejores ideas al revisar una frase. No hay una ley que funcione para todos. La diferencia está en reconocer cuándo la corrección está ayudando y cuándo se convirtió en una excusa elegante para no avanzar.

Si te resulta más fácil explicar tus ideas hablando, puedes grabarlas mediante dictado en vivo y convertirlas después en un borrador. Herramientas como el Transcriptor permiten llevar la voz a un documento sin tener que teclear cada palabra, aunque el resultado también necesita edición.

Tal vez la próxima vez que descubras que llevas quince minutos cambiando el primer párrafo, puedas dejar una señal y continuar. No porque la calidad no importe, sino porque para corregir un texto completo primero necesitamos darle la oportunidad de existir.

Y quién sabe: quizás al llegar al final descubras que aquella primera frase, la que parecía tan importante, ni siquiera era el verdadero comienzo.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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