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¿Por qué algunas ideas se entienden mejor cuando las dibujamos?

Podemos discutir durante media hora sobre dónde colocar un mueble. Un dibujo torcido a veces resuelve la discusión en treinta segundos.

3 min de lectura

Dos personas están intentando decidir dónde colocar una mesa. Una dice que quedaría mejor cerca de la ventana. La otra insiste en que allí estorbaría el paso. Cada una está imaginando una habitación distinta, aunque las dos hablen de la misma. La discusión continúa hasta que alguien dibuja cuatro paredes, una puerta y un rectángulo que representa la mesa. El dibujo es bastante feo. También resulta inmediatamente útil.

No es porque las palabras sean menos importantes. Es porque algunas relaciones se explican mejor cuando podemos verlas al mismo tiempo. Una dirección, una secuencia, una distancia o una dependencia entre tareas pueden resultar agotadoras si tenemos que mantenerlas todas en la memoria mientras escuchamos una explicación.

Y no hace falta saber dibujar. Los círculos pueden salir ovalados, las flechas pueden estar torcidas y las personas representadas pueden parecer fósforos. Si el dibujo permite entender lo que antes estaba confuso, ya cumplió su función.

Cuando las ideas dejan de estar en fila

Al hablar o escribir solemos presentar una cosa después de otra. Primero mencionamos un problema, después una posible causa y más adelante una consecuencia. Pero muchas ideas no funcionan en fila. Una causa puede producir dos efectos; una decisión puede depender de tres personas; dos proyectos pueden necesitar el mismo recurso.

Si dibujamos cada elemento y trazamos sus conexiones, algunas relaciones aparecen de golpe. También salen a la luz preguntas incómodas: ¿por qué estas tareas dependen una de otra?, ¿quién tiene que decidir esto?, ¿qué ocurre si este paso no sucede? Un esquema no siempre nos da la respuesta, pero a veces nos revela que estábamos haciendo una pregunta equivocada.

Podemos probarlo con algo pequeño. Pensemos en un proyecto que lleva semanas sin avanzar. En lugar de escribir otra lista interminable de tareas, colocamos el objetivo en el centro de una hoja. A un lado, aquello que ya tenemos. Al otro, lo que falta. Entre ambos, las decisiones que alguien debe tomar. Tal vez descubramos que el problema no es la cantidad de trabajo, sino una sola respuesta que estamos esperando.

La Universidad Estatal de Oregón incluye los mapas mentales entre sus estrategias para comenzar a escribir y organizar ideas, precisamente porque ayudan a conectar conceptos y reconocer relaciones. No se trata de un método mágico: hay asuntos para los que un párrafo será más preciso y otros para los que una tabla nos ahorrará confusiones. Elegir la forma de representación también es parte de pensar.

Esto es importante porque dibujar puede convertirse en otra manera de postergar. Hay quien pasa tanto tiempo ajustando colores y alineando cajas que termina con un mapa precioso y ninguna decisión tomada. El dibujo no es la obra final: es una herramienta para llegar a algo.

Cuando trabajamos a distancia, una pizarra puede facilitar el mismo ejercicio. Pero también sirve una servilleta. Lo esencial es poder cambiar un elemento de lugar, tachar una flecha y descubrir que aquello que parecía evidente no era tan sencillo.

Si preferís construir esos esquemas en pantalla, podés abrir Orbitrama y utilizar texto, notas, flechas y formas sin registrarte. Si preferís hacerlo en papel, perfecto. Incluso podría ser mejor si así empezás antes.

Tal vez mañana tengamos otra conversación en la que dos personas defienden ideas aparentemente incompatibles. Antes de pensar que alguna de ellas está equivocada, podría valer la pena preguntar: «¿Me mostrás cómo te lo estás imaginando?». Y buscar un lápiz.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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