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El ego: un cuchillo de doble filo

El ego puede impulsarnos a crecer o convertir cualquier diferencia en una batalla. ¿Cómo aprender a convivir con él sin dejar que nos gobierne?

5 min de lectura

El ego es un cuchillo de doble filo. Muy valioso en manos de un experto que sabe utilizarlo, pero peligrosísimo en manos de alguien inexperto. Quizás por eso sabemos tanto y, a la vez, tan poco sobre él y su papel en nuestra vida. Es irónico pensar que nuestra sociedad está construida, en buena medida, sobre el ego, que nos empuja a destacar y a sentirnos más especiales que los demás. Pero basta con un mal movimiento y todo termina patas arriba.

¿Es eso realmente malo? ¿Cuál es la línea que separa al egocéntrico del sabio? ¡Buena pregunta! Preparé algunos puntos para que abordemos cómo el ego nos afecta personalmente, cómo influye en quienes nos rodean y, finalmente, cómo podemos controlarlo.

En la vida diaria, el ego aparece en los lugares menos pensados. Cuando queremos defender por qué nuestra elección de adónde ir a comer es la mejor, por qué esa película fue más entretenida o por qué aquello que dijimos o hicimos no fue incorrecto desde nuestra perspectiva, sino que, en realidad, el otro tiene la culpa por no entendernos. Porque entonces sentimos que aquella persona nos está atacando a nosotros y no a la idea propuesta. Así de escurridizo es el ego: se cuela entre los detalles de las conversaciones y en los silencios que parecen tan fáciles de entender.

Y cuanto más la alimentamos con halagos vacíos, más ruido hace y menos nos deja escuchar nuestra propia autenticidad.

Me gusta mucho una frase que describe el ego en su esencia más pura:

«Me gustaría ser tú, para tener un amigo como yo».

Esa frase, aunque cómica, esconde una verdad incómoda. Muchas veces nos vemos tan geniales a nuestros propios ojos que nos olvidamos de que también somos imperfectos y de que, ante un debate o una diferencia de opinión, también podemos estar equivocados. Si solamente queremos defender nuestra postura, sin siquiera analizar el otro lado, es como si esperásemos que todos fueran una copia de nosotros mismos.

¿Por qué sentimos esa urgencia de que nuestra opinión sea validada, de que el otro necesariamente deba escucharnos y aceptarnos? ¿Cuándo dejamos de ver como normal el simple hecho de no estar de acuerdo?

Parece que pensar diferente es un pecado. Para algunas personas, una simple conversación sobre fútbol, noticias o hasta sobre cómo preparar un café se vuelve un problema, cuando el objetivo inicial era solo dar una opinión personal. El ego termina poniéndose por delante de cualquier otra cosa.

Primero pienso en mi beneficio, en mi ganancia, en mi riesgo y en si eso corresponde a la alta posición en la que inconscientemente creo encontrarme. El ego nos hace creer que, para ser felices, los demás deben compartir nuestra misma forma de ver la vida.

Un nuevo celular, un ascenso, más likes en redes… pero siempre aparece otra cosa que nos hace sentir que falta algo más.

Como escribió Jean de La Fontaine:

«La avaricia lo pierde todo por quererlo todo».

En la búsqueda de aprobación o de tener la razón al final de una discusión, nos olvidamos de disfrutar de lo que ya tenemos y de escuchar a quienes realmente les importamos lo suficiente como para dedicarnos un momento de sus vidas.

Aun así, el ego no es nuestro enemigo. El ego es lo que el asado es para el argentino, las tapas para el español o el café para el brasileño. No importa cuánto intentes negarlo, siempre formará parte de tu vida. La necesidad de protegernos y de ser escuchados aparece desde muy temprano. Basta con mirar a un bebé.

Su primer impulso es llorar para que lo atiendan, sin poder considerar todavía si los demás también están cansados o tienen hambre. Ese pequeño humano aún está aprendiendo a relacionarse con el mundo y necesita que otros respondan a sus necesidades para sobrevivir. No es egoísmo, sino una cuestión de desarrollo.

Más adelante, como observó Jean Piaget en sus estudios sobre el desarrollo cognitivo, los niños pasan por una etapa de egocentrismo natural, en la que les cuesta comprender que otras personas puedan ver el mundo de manera diferente. No se trata de vanidad, sino de una forma de pensar que, de forma natural, va cambiando a medida que aquel humano crece.

A lo largo de la vida, nuestra relación con el ego se transforma. Dejamos de llorar y gritar cada vez que queremos algo, pero seguimos buscando que nuestras necesidades sean escuchadas. Decir «no» se convierte en una herramienta importantísima para cuidar nuestro bienestar y el de nuestra familia. Algunas personas tienen dificultad para hacerlo. Ya sea por entusiasmo o por miedo al qué dirán, aceptan cualquier propuesta que reciban. Con esto no buscamos decir que esté mal decir que sí, claro. Aprender a establecer límites saludables también nos ayuda a construir relaciones más equilibradas y a cuidar nuestro bienestar personal.

En otras palabras, un ego bien gestionado, equilibrado, nos ayuda a crecer, a defender lo que queremos y a convivir mejor con quienes nos rodean. La clave, quizá, está en no dejar que el ego se salga con la suya todo el tiempo, sino en encontrar ese punto justo en el que nos impulsa sin aislarnos del mundo.

Para alcanzar ese momento, es necesario dejar de creer que la felicidad depende de transformar el mundo exterior y comprender que el verdadero cambio comienza en nuestro interior.

Puede que ese sea precisamente el temor más profundo. Librar la batalla en la intimidad silenciosa de nuestra alma.

F. J. Levin

Revisado y aprobado

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